Hoy os tengo que contar una triste historia. Es la historia de quien va a visitar a un viejo amigo del que nada ha sabido en muchos años y lo encuentra moribundo y postrado en su lecho de muerte, abandonado por todos, sin que a nadie parezca preocuparle su triste destino.
Así me encontraba yo cuando regresé a fotografiar, tras quince años, aquella hermosa masía de la que entonces desconocía su nombre: La Cucharera. Acudí de nuevo a su encuentro porque me fascinaba su sencilla y austera belleza escondida entre los pinos, con aquel reloj de sol que, inexorable, seguía marcando las horas sobre la pared desconchada, como la cuenta atrás de una muerte anunciada
El reencuentro no pudo ser más desolador. La vieja masía se había hundido. Sus huesos de madera se quebraron de viejos y carcomidos y no pudieron soportar el peso del abandono y la soledad. Algún aciago día de tormenta, la roja techumbre de tejas de arcilla se desplomó y arrastró consigo el suelo de las dos plantas. Aunque los recios muros aguantaron la embestida y todavía se mantenían en pie, dentro la destrucción era total y los escombros lo cubrían todo.
Con el corazón encogido tomé estas fotos. Son el testimonio de la lenta y agónica desaparición de muchas masías que en un tiempo no muy lejano palpitaban de vida y ahora permanecen desoladas y cubiertas de ortigas.
Así me encontraba yo cuando regresé a fotografiar, tras quince años, aquella hermosa masía de la que entonces desconocía su nombre: La Cucharera. Acudí de nuevo a su encuentro porque me fascinaba su sencilla y austera belleza escondida entre los pinos, con aquel reloj de sol que, inexorable, seguía marcando las horas sobre la pared desconchada, como la cuenta atrás de una muerte anunciada
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La Cucharera en 2011 |
El reencuentro no pudo ser más desolador. La vieja masía se había hundido. Sus huesos de madera se quebraron de viejos y carcomidos y no pudieron soportar el peso del abandono y la soledad. Algún aciago día de tormenta, la roja techumbre de tejas de arcilla se desplomó y arrastró consigo el suelo de las dos plantas. Aunque los recios muros aguantaron la embestida y todavía se mantenían en pie, dentro la destrucción era total y los escombros lo cubrían todo.
Con el corazón encogido tomé estas fotos. Son el testimonio de la lenta y agónica desaparición de muchas masías que en un tiempo no muy lejano palpitaban de vida y ahora permanecen desoladas y cubiertas de ortigas.

La Cucharera se ha hundido, pero el reloj de sol, que nació marcando las horas de la República, sigue proyectando su sombra exacta sobre la pared desconchada.
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Dentro de la casa nada queda en pie, los escombros y la ortiga lo cubren todo.
El viejo cerezo resiste junto a la era. Él, que fue testigo de los alegres dias de la trilla, ahora languidece abandonado de la mano del hombre.
En la era la hierba ha crecido y alfombrado las losas, que no se distinguen a la vista. Hace mucho que dejó de trillarse en ella.
El sauco, planta mágica, se ha extendido en un verde abrazo sobre la ladera y pronto tapará los muros de piedra seca.
... y la desvencijada puerta del corral que hace años cerró por última vez el pastor.
La hierba cubre con su manto lo que ha abandonado el hombre.
Los recios muros se mantienen en pie y de los ojos de sus ventanas parecen derramarse lágrimas de barro. La Cucharera llora por su triste destino.
Ahora en la Cucharera reina el silencio del pinar. Ese silencio que se confunde con el susurro del viento entre los pinos y que tan solo es roto, en alguna ocasión, por el graznido lejano de algún cuervo.
Pero hay otro silencio peor que se abate sobre esta y las demás masías. Es un silencio que crece a medida que se apagan las voces de los últimos masoveros: el silencio del olvido... y todavía está en nuestras manos el remediarlo.
Alberto Agudo
Pero hay otro silencio peor que se abate sobre esta y las demás masías. Es un silencio que crece a medida que se apagan las voces de los últimos masoveros: el silencio del olvido... y todavía está en nuestras manos el remediarlo.
Alberto Agudo
Parece como si hubiera pasado un vendaval, arrasando todo a su paso.
ResponderEliminarconso.
Hola Conso! Pudo ser un vendaval, como tú dices, o el peso de la nieve acumulada sobre el tejado en algún invierno nevador. Me inclino a pensar por lo primero: la Cucharera se encuentra en la Sierra del Rayo y está muy cerca de la trayectoria que siguió el devastador tornado de 1999.¿Fue quizá esa la causa?...tal vez alguien lo sepa.
EliminarUn saludo y hasta pronto.
Comprendo muy bien todos tus sentimientos, yo he estado en estos días por mi pueblo y apenas he encontrado una casa de las que me fuese reconocida ya que han edificado pisos y más pisos.
ResponderEliminarUn abrazo
Los pueblos, como las personas, también cambian su aspecto con el tiempo llegando, en algunos casos, a hacerse irreconocibles. Siento mucho que la Amposta querida de tu infancia haya desaparecido bajo el peso de la fiebre constructora de la última década. Afortunadamente eso no ha ocurrido en Mosqueruela, que sigue conservando el encanto de cuando la conocí de niño.
EliminarUn cariñoso saludo.
Pufff, que triste historia... parece una masia preciosa, nunca la he visitado. Después de ver las fotos un dia de estos me pasaré.
ResponderEliminarCómo tu bien dices, "hay un silencio que se abate sobre las masias", y que seguramente en la mayoría de ellas seguirá abatiéndose. Aún así, reafirmo tu idea de que "todavía está en nuestras manos remediarlo".
Necesitamos mucho trabajo y empeño, y es necesario un cambio de mentalidad, un resurgimiento del amor por estos edificios y lugares.
Me gusta tu entrada en el blog porque muestra en su totalidad lo que está ocurriendo.
Un saludo.
Estefanía Monforte García
Estefanía Monforte.
Hola Estefanía! Gracias por dar tu opinión y por la sensibilidad que muestras ante este tema. Como ves las masías se están hundiendo. Es un proceso inevitable del que, aunque sepamos su triste final, no por ello deja de ser menos doloroso cuando se produce. Sé que cuando vayas a la Cucharera sentirás lo mismo que yo.
EliminarPero al mismo tiempo que las masias se derrumban, las últimas personas que vivieron allí van muriendo y con ellos desaparece la sabiduría acumulada y la memoria colectiva de generaciones anteriores. Y esta tragedia duele más pq, en este caso, sí que podemos hacer algo: recoger los testimonios que quedan para transmitirlos, en la medida que podamos, a las generaciones futuras.
La verdadera historia no es la de los viejos edificios que ahora están en ruinas, sino la vida y los afanes de la gente que los construyeron y los habitaron.
Saludos
Hola Alberto! Podría utilizar tus fotos de la masía y un extracto del texto en un inventario de relojes de sol que estoy realizando?
ResponderEliminarPor supuesto que sí Pedro... y estoy deseando saber más de ese proyecto. Si quieres ponerte en contacto conmigo mosqueruelaenelcorazon@hotmail.com ese es mi correo. Tienes toda mi colaboración. Hasta pronto.
EliminarLa Cucharera fue construida por mi bisabuelo y mi abuelo. Mi madre y mis tios nacieron y vivieron allí hasta que mis abuelos decidieron bajarse a la plana. Volvemos allí todos los veranos a ver la masía y es una pena ver como cada vez está peor. A ver si algún día las nuevas generaciones de la familia podemos restaurarla! Gracias por dedicar una entrada a nuestra querida Cucharera
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