Mi patria es mi infancia



"Mi patria es mi infancia"
. Así lo expresó un sabio y yo hago mia esta frase. Mi infancia fue feliz y me siento orgulloso de haberla vivido en Mosqueruela. Por ello me considero chinchirino de corazón y he creado este blog para rescatar la Mosqueruela de antaño, la que guardo en mis recuerdos y que me gustaría compartir con todos aquellos que, como yo, llevan a Mosqueruela en el corazón.



lunes, 16 de abril de 2012

La mirada del viejo masovero






Fue en la Feria de Mosqueruela del año 2007. Era una mañana soleada hacia el mediodía y el solar junto al Pabellón Municipal donde se exhibía el ganado bullía de gente curioseando entre los cercados. Aunque se cerraba algún trato de cuando en cuando con el consabido apretón de manos, la mayoria eran curiosos que acudían allí a pasear tranquilamente viendo los animales, o familias con niños que metían las manos entre los barrotes para acariciar a las ovejas. Todo era un sinfín de saludos entre gente que hace tiempo no se ven, pues son muchos los chinchirinos que viven fuera y cada año aprovechan esta fiesta para acudir al reencuentro con los suyos.

Allí estaba yo también, mezclado entre el gentío como un chinchirino más, respirando complacido el suave olor a estiercol que me lleva a la Mosqueruela de mi infancia; cuando al levantar la mirada me llamó la atención una figura que se recortaba sobre las piedras de un muro.

Era un hombre de avanzada edad que desde lo alto observaba la escena. ¿Quién  era y que hacía allí?




Sin duda era del pueblo. Quizá viviera muy cerca, en las últimas casas que dan a las eras, y a pasos cortos, sosteniéndose en su cayado, se acercó al borde del bancal, donde él sabía que podría verlo todo sin tener que dar un rodeo y bajar la empinada cuesta... que ya los años habían hecho mella en sus piernas y a duras penas podían soportar sus frágiles huesos.

Sus dos manos, de dedos gruesos y encallecidos, se apoyaban con firmeza en un desgastado garrote. Tenía la espalda ligeramente encorvada y su rostro curtido por el sol y el frío. ¿Cuántas gavillas de trigo segó con la hoz en sus tiempos mozos? Sin duda fueron muchas y al final acabaron arqueando su espalda, como una espiga que dobla el viento. ¿Cuántos días pasó a la intemperie, pastoreando ovejas o detrás de la mula sosteniendo el arado? Expuesto al viento helado en invierno o al sol abrasador en verano, su rostro, con los años, acabó atezado y surcado por profundas arrugas.

Aquella mañana de domingo, el viejo masovero se había vestido con su mejor ropa, como hacen los chinchirinos el día de Feria. Una gorra nueva y reluciente cubría su cabello encanecido y sobre su camisa blanca, recién lavada, llevaba el chaleco de mudar sin pasarse los botones. El hombre miraba tras sus gafas de pasta, mientras entre sus labios sostenía olvidado un cigarrillo, tal vez apagado hacía rato.

Parecía absorto y meditabundo y entre las arrugas de su rostro esbozaba un gesto como de resignación dolorosa. Los pensamientos que nublaban su semblante en aquel instante capturado por la cámara no los sabemos, pero esa mirada tras los cristales, perdida y ausente, quizá lo decía todo.

¿Tal vez presentía que aquella iba a ser su última Feria?



Casi cinco años después, muchas de las preguntas que me hice en aquel momento tienen respuesta. El viejo masovero era Francisco Salvador Tena, conocido como "Fransisquet, el del mas Blanco", nacido en Mosqueruela en diciembre de 1924.

Francisco fue el mayor de 11 hermanos, vivió y trabajó casi toda su vida en las masías, además de ejercer como pastor. Sus padres fueron masoveros y él nació en el masico Maravillas, en un tiempo en que en España reinaba Alfonso XIII; tenía 6 años cuando se proclamó la II República y 14 cuando acabó la Guerra Civil. Aquellos años sombríos y de penuria los pasó en el mas Blanco, donde se trasladaron sus padres con su numerosa prole. Fueron años vividos bajo la amenaza del maquis, que les exigían víveres a punta de pistola, y de la Guardia Civil, que los veía como colaboradores de la guerrilla por ello. Más tarde Francisco se casó y se trasladó a la masía Vallejos para formar una nueva familia y años después al mas de la Suegra, última etapa de su sacrificada vida de masoguero.

Después vinieron nuevos tiempos que iban a cambiar aquel modo de vida secular. A medida que la sociedad española se desarrollaba las masías comenzaron a vaciarse. Muchos masogueros emigraron a Castellón y a otros lugares más lejanos, pero Francisco prefirió quedarse en Mosqueruela, donde reposaban sus antepasados y donde él quiso vivir el declive de su vida, como una metáfora de tantas masías desoladas.

Francisco murió en diciembre de 2007, tres meses después de tomarse estas fotografías. Descanse en paz.

Alberto Agudo. Agradezco a Conso Tena la información aportada sobre la vida de Francisco.

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Francisco se ha ido, y con su marcha se cerró el libro de una vida que apenas conocemos, como la de tantos masoveros y pastores que le precedieron, generaciones abnegadas de chinchirinos que con su trabajo y tesón forjaron la Mosqueruela que hoy conocemos. Sirva esta entrada como homenaje sincero a todos ellos.





sábado, 31 de marzo de 2012

La Barbacana

Mosqueruela. La Barbacana



Barbacana es para mí una palabra muy querida. Con solo pronunciarla me veo transportado a los dulces momentos de mi infancia en Mosqueruela.

Para mi la Barbacana es la soleada escalinata que bajaba desde la Portera hacia la carretera, buscando la serrería y el cuartel de la Guardia Civil. Sobre ella domina la imponente presencia del que, dicen, fue el palacio del rey D. Jaime, con su torreón circular semiderruido por el paso de los años.

La Barbacana era amplia, lo suficiente para que desfilaran los chinchirinos en procesión cuando la Romería de la Estrella. Aunque al principio era estrecha y sombreada por pasar encajonada entre el muro de la Portera y la ermita de Santa Engracia (que entonces era la escuela), después se abría al horizonte del Barranco del Majo y el Penyagolosa y recibía la cálida luz del sur, que tanto se agradece en el riguroso invierno turolense.

En las rampas de ambos lados de la escalinata algunos vecinos ponían a secar la lana de las ovejas.

Debajo de la Barbacana, a la derecha, estaba  la escuela de los más pequeños y el parque con los columpios, que todavía hoy resiste el paso de los años; más abajo se ensanchaba como un embudo y a ambos lados de la escalinata, la pendiente, alisada con cemento, nos servía como rampa de juegos y a los adultos para poner a secar la lana en la época del esquileo de las ovejas.




Para suavizar el desnivel, cada tramo de escalones tenía un ancho rellano que nosotros utilizábamos para jugar a las cartetas o hacer bailar las trompas. Y es que la Barbacana hacía también las funciones de patio de la escuela y los días de clase, cuando llegaba la hora del recreo, una alegre algarabía de chiquillos se desparramaba por ella 

En los amplios rellanos de la Barbacana jugábamos a las cartetas.




Pero el dia que consulté en el diccionario, me llevé una sorpresa. Ninguno de sus significados   hacia referencia al que yo tenía por válido.


La palabra "barbacana" proviene del vocablo árabe báb albaqqára, cuyo significado es "puerta de las vacas" y designaba un muro defensivo levantado fuera de las murallas del castillo. Era un obstáculo más que se añadía a los atacantes y en tiempos de paz, el espacio se aprovechaba para guardar el ganado, de ahí su nombre. Más tarde los españoles imitaron estas fortificaciones avanzadas como refuerzo de defensa y adoptaron el nombre árabe castellanizándolo. La barbacana a veces era un terraplén adosado al muro, una medida defensiva que se generalizó por su simplicidad y economía.


Foto del Blog Mosqueruela


Sin duda este sería el caso de Mosqueruela. En la foto, de principios del s. XX, se puede observar el primitivo terraplén y un grupo de personas sentados sobre el muro del camino que subía hasta la Portera. Sobre esta rampa, años después, se construyó la elegante escalinata que todos conocemos como "la Barbacana".


En la actualidad la Barbacana sigue manteniendo el mismo aspecto que antaño y las viejas acacias siguen luciendo sus redondas copas. Sin duda, resisten mejor que nosotros el paso del tiempo, aunque la imagen de los vellones de lana secándose al sol ya no vuelva nunca más.


Alberto Agudo

viernes, 9 de marzo de 2012

Cuervo de Mosqueruela


Soy un cuervo centenario, Mosqueruela es mi lugar. Foto: desmotivaciones.es


Negro cuervo de Mosqueruela que sobrevuelas los yermos olvidados de El Plano. Si pudieras hablar, tú que tienes más de cien años y has visto crecer a los viejos chopos entre bancales dorados de mies, ¡cuántas historias podrías contarnos! 



CUERVO DE MOSQUERUELA


Soy un cuervo centenario
Mosqueruela es mi lugar
tengo  ya más de cien años
cien historias que contar.

Historias de masogueros
que el tiempo ha borrado ya,
de campos ahora yermos
con la mies por cosechar.

De pastores bajo el rayo
y zagalicas en flor
que entre las flores de mayo
son requeridas de amor

Soy un cuervo centenario
Mosqueruela es mi lugar
desde el alto del Milano
hasta el pico Azafranar.

Mis dominios sobrevuelo
mi lamento es mi graznar
vestido de negro duelo
por todos los que no están.

De duelo por las masías
y el perdido pastoreo
¡que no volverán los días
de los felices bureos!

De duelo por el sendero
que cubre hierba de olvido
¡que ya se fue el masoguero,
que los pastores se han ido!

Soy un cuervo centenario
Mosqueruela es mi lugar
tengo  ya más de cien años
cien historias que contar.

Alberto Agudo



viernes, 2 de marzo de 2012

Los centinelas de "El Plano"



Viejos chopos en "El Plano" (Mosqueruela). Foto: Pepe Serrador. descubriendopenyagolosa.blogspot.com

Aquí están, inmutables, los centinelas de "El Plano". Vigilando el paso por la vereda que conoció tiempos mejores. Erguidos, como penachos entre cintas de piedra, buscan el cielo luminoso del atardecer. Hace semanas que dejaron caer su vestido de hojas y ahora, desnudos, se enfrentan valerosamente al frío del invierno.

Hubo un tiempo en que eran muchos los rebaños que pasaban bajo sus ramas, mientras arrastraban tras de sí una estela de polvo, apresurados por saciar su sed con el agua de "el Charco". Los pastores, muy a menudo, eran zagales que llevaban en su zurrón pan, tocino y un puñado de olivas negras para pasar el día.

El murmullo del viento entre sus ramas hoy es el mismo que antaño, cuando se mezclaba con el tintineo de las esquilas o el rumor metálico del carro arrastrado por la mula. La sombra que ahora cobija al paseante es igual que la que refrescó a tantos pastores que transitaron por la vereda con sus rebaños. ¿Quién podría contar las ovejas que han visto pasar ante ellos? ... tan difícil como contar las estrellas del cielo de Mosqueruela.


"Mi viejo chopo, turbio de ruiseñores, esperaba poner entre las hierbas sus ramas mucho antes que el otoño lo dorara" F. García Lorca. Foto: Azucena Agudo.


Siempre los he conocido así, inmensos y solitarios, desafiando al viento y la tormenta a través de los años... y me pregunto: ¿cuántos tendrán?. Quizá lo sepan los viejos cuervos que merodean por la planicie y a veces se posan sobre ellos, pues cuentan que son aves longevas que viven más de un siglo.

¡Viejos chopos centenarios! ¡Seguid ahí otros cien años!

Alberto Agudo



lunes, 31 de octubre de 2011

Tiempo de Calambrujos

Calambrujo

Cuando comienza el otoño en Mosqueruela una nota de color destaca entre los márgenes de piedra, en los yermos soleados o junto a las veredas y caminos: es el rojo de los calambrujos, los frutos del humilde Rosal Silvestre que tanto prolifera por las solanas despejadas de estas tierras.

Quizá viendo su aspecto desaliñado, con sus tallos espinosos, enmarañados y secos, sea difícil imaginar que a principios del verano fue un lozano rosal, y que cada una de estas cápsulas carmesí fue el cáliz que albergó una delicada rosa de cinco pétalos. 

Rosa Canina. Foto:http://es.wikipedia.org/wiki/Rosa_canina 

Estas rosas, cuyo color va del blanco al rosa pálido, son muy frágiles; sus pétalos se desprenden con facilidad a merced del viento y también cuando son cortadas. Su fragancia, aunque suave, es especialmente cautivadora y se usa como esencia en perfumería. Esta belleza efímera, con una vida tan fugaz, hace que las estime más cuando tengo la suerte de contemplarlas en Mosqueruela.

Ahora, en otoño, la planta ha culminado su ciclo vital y, cuando los calambrujos han mudado totalmente su color de verde a rojo intenso o anaranjado, las semillas que contiene ya están maduras y recubiertas de una suave "pelusilla" de la que me gustaría hablar después.

El rojo intenso de los calambrujos destaca en el paisaje otoñal. Calambrujos en las cercanías de San Bernabé. Foto Azucena Agudo.

Siempre me ha atraido esta planta tan ligada a mis recuerdos chinchirinos. En aquellos tiempos infantiles en que las golosinas eran un lujo de los domingos, solíamos comer muchas cosas que nos ofrecía gratuitamente la naturaleza. Así, después de la temporada de moras en verano, en otoño llegaba el tiempo de los calambrujos, que nosotros comíamos tras haberlos abierto y vaciado de las semillas. Tenían un sabor dulce y a la vez un poco ácido por su alto contenido en vitamina C, pero muy agradable al paladar. 

Los calambrujos, para ser comidos, deben vaciarse antes de sus semillas irritantes. Si se utilizan los dedos ¡mucho cuidado!


El inconveniente era que, como lo que se come es la piel del fruto y esta es tan fina, debías pelar una buena cantidad para saciarte y además, poner mucho cuidado con la pelusilla de las semillas que se quedaba adherida a los dedos, pues de solo rozarte la piel te producía una molesta y persistente comezón. 

Por esto no era extraño que en algunas ocasiones guardáramos estas semillas en una caja vacía de cerillas para, el día siguiente, llevarlas a la escuela y dejarlas caer entre la espalda y la camiseta de algún incauto... aunque a veces uno mismo acabara también siendo una víctima más de aquella broma traicionera. Al respecto es curioso lo que nos dice el gran botánico Pio Font de Quer en su "Dioscórides Renovado" y que cito textualmente:

"Esta fruta roja de toda casta de rosales tiene la superficie interna tapizada de pelitos rubios, rígidos y quebradizos, la picapica, los cuales, cuando se introducen al descuido entre la camisa y la piel de cualquier rapazuelo, producen endiablada comezón."

Precisamente, esta característica irritante de los granos del calambrujo se utiliza en la industria de los artículos de broma. Los pelillos rubios se envasa en pequeñas cajitas con el nombre de  Pica-Pica  y es uno de los artículos de broma más clásicos y populares, junto a las bombas fétidas y los polvos de estornudar.

Con los pelillos de las semillas de calambrujos se fabrican los polvos pica-pica, un clásico de los artículos de bromas. Foto: Proyecto Naschy.

La calambrujera también nos ofrecía los "tronchos"; así era como llamábamos a sus tallos tiernos que, una vez pelados, comíamos muy a menudo. Algunos que salían de la base de la planta llegaban a tener el grosor de un espárrago. Son jugosos y ligeramente dulces.

Las espinas de este rosal son diferentes, mas curvadas, como diminutos colmillos de un perro, de ahí su nombre científico de Rosa Canina. Popularmente se le conoce como Rosal Silvestre, Agavanzo o Gavardera (entre otros muchos) y a su fruto Escaramujo, de donde debe provenir, por deformación del nombre, el de "calambrujo" que es como se le conoce en Mosqueruela.

Destaca el calambrujo por su altísimo contenido en vitamina C (según esta tabla, el calambrujo tiene un 2%, mientras que la naranja tan solo un 0,05%), sin duda el comerlos aporta beneficios a la salud y eso lo debían saber las generaciones anteriores de chinchirinos que encontrarían un suplemento vitamínico en estos frutos cuando salieran al campo. 

Una buena idea para conservar esa vitamina C  es hacer una mermelada de calambrujos. En el blog "Bienvenidos a Valdelinares" explican como elaborarla (allí se les llama "calabardos"). Es muy sencillo y me encantaría hacerla; el problema es que en estas tierras tan cálidas de Valencia no hay calambrujos ni posibilidad de conseguirlos. De todas maneras, para aquellos afortunados que todavía puedan recoger unos cuantos estos días, les ofrezco esta receta y les animo a que la prueben.





jueves, 15 de septiembre de 2011

"La Cucharera" 15 años después





Mas de la Cucharera. Año 1996.


Mas de la Cucharera. Agosto de 2011.


Es triste ser testigo de una muerte anunciada. Lo que podeis ver en estas fotos es la constatación de un hecho que se está produciendo en toda la comarca: la destrucción física y la ruina de todo un patrimonio arquitectónico rural que durante siglos ha caracterizado el paisaje del Maestrazgo y la sierra de Gúdar. 

Tras el abandono generalizado de las masías en los años 60-70, es ahora, medio siglo después, cuando aquellas  sobrias construcciones,  que quedaron deshabitadas y sin uso alguno, comienzan a desmoronarse en cascada, iniciando así un proceso irreversible que el paso de los años acabará por completar.

Desaparecerán así los últimos vestigios de un modo de vida que acabó, como tantos otros, cuando llegó el desarrollo de los años 60: con la mecanización de las tareas agrícolas y el auge de las comunicaciones. Desde entonces, todo un saber acumulado que se había transmitido generación tras generación, se pierde irremisiblemente a medida que van desapareciendo los últimos masoveros.

Quedaban las masías sin vida, se fueron sus moradores y ellas permanecieron como testimonio de una época pasada. 

Nosotros todavía las hemos conocido, pero ... ¿y las generaciones futuras?.
Alberto Agudo

viernes, 2 de septiembre de 2011

Joaquín Benages, del mas de Torre Pintada



En el Preámbulo del libro "Puertomingalvo en el siglo XV", de Javier Medrano Adán*, destaca por su autenticidad el testimonio de Joaquín Benages, que fue masovero en Torre Pintada durante los duros años de la posguerra.


El relato de su vida en el mas, que confiesa fue feliz, "pues no habíamos visto otra cosa", está contenido en una carta que envió Joaquin (con 83 años) al autor, respondiendo a algunas cuestiones que este le planteaba. El texto está escrito con la sencillez y la parquedad de un hombre de las masías; como si lo estuviera relatando a la luz de las teas, junto al fuego de la chimenea de Torre Pintada, ese fuego que confiesa "... por delante te quemabas y por detrás te helabas".

Cuenta Joaquín que allí vivió 70 años, seguramente desde su nacimiento en 1922 y, aunque su masía era de las más prósperas del término (33 hectáreas de buen pasto y tierras de cultivo), su vida no debió ser fácil, luchando contra las plagas del trigo y la patata, teniendo que ir a buscar el agua con el burro, alumbrándose con la luz de una tea o durmiendo en la cuadra cuando la vaca estaba de parto.

Su destino, como el de tantos masoveros del Maestrazgo, fue duro por los años que le tocó vivir (tenía 17 cuando acabó la guerra y murió su padre). Pero quizá lo más duro para él haya sido el constatar en el declive de su vida como las masías han sido abandonadas y muchas de ellas ya son ruinas... ¡ellas, que vieron pasar tantas generaciones de masoveros desde los tiempos de la repoblación!


En memoria de todos ellos quisiera ofreceros este testimonio. 
Alberto Agudo




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Mas de la Torre Pintada, en el término de Puertomingalvo, donde vivió Joaquín Benages durante 70 años como mediero.


[Carta de Joaquín Benages, vecino de Puertomingalvo]


Cómo vivíamos en la masía con mi mujer. Pues como no habíamos visto otra cosa, a pesar de trabajar mucho, éramos felices en la casa. No teníamos agua. La fuente estaba a 600 metros del mas. El agua la teníamos que traer a carga de esta manera: el canastero con mimbres hacía a modo de 3 cestas cogidas por la parte de arriba; a cada una de las 3 les dejaba un ansa y hacía 3 más iguales; entonces con una cuerda de un metro se ataban a la distancia necesaria, se le ponía la albarda a la burra o a la caballería que hubiese a mano; se le ponían las 6 cestas, dentro de cada cesta se ponía un cántaro, en cada cántaro cabían 10 litros de agua. A estas 6 cestas el nombre era aguaderas. Cuando en invierno veíamos que tenía que nevar mucho teníamos unas tenajas, las llenábamos de agua porque algunas veces estábamos 8 días sin salir de casa.

El fuego lo teníamos en el suelo, la chimenea era muy grande, en forma de campana. Otra cosa que sucedía era que, según de que parte venía el aire, no permitía que la puerta de la cocina estuviera cerrada, así que por delante te quemabas y por detrás te helabas, y para alumbrarnos en la cocina para poder trabajar, como son las noches tan largas, las mujeres tenían que apedazar la ropa y hacer calcetines. Esto lo hacían con un hilo de lana gordo con 4 agujas de 20 centímetros de largas. 


Torre Pintada a la luz de un atardecer de otoño en una foto tomada desde las colinas de S. Bernabé.


Y los hombres a hacer zuecos; éstos se hacían con madera de pino y tenía que ser de un pino que se hubiese criado entre piedras con poca tierra, así era la madera más fuerte. Esta madera se ponía en un montón de estiércol, allí se recocía, esto era como si se hubiese hervido con el agua. Después se dejaba secar. Después había que hacer la suela. Para hacer el zueco había que hacer la forma de una suela de zapato con 4 centímetros de gorda. Había que hacer la cuerda de esparto. Después con una barrena se le hacían agujeros a la suela para pasar las cuerdas. Se empezaba por la parte de adelante: la primera cuerda se ponía a un centímetro, se iban subiendo las 4 cuerdas; después se iba desenredando hasta tener 14 cuerdas, así que había que hacer 28 agujeros. Una vez las cuerdas pasadas había que tejer la cara del zueco. Esto se hacía con 1 cuerda delgada: era pasarla varias veces por la cara del zueco, así quedaba en una pieza. Había que hacer la talonera del zueco. A ésta se le ponían 7 cuerdas, se tejían como la cara, entre la cara y la talonera quedaba un espacio de 4 centímetros sin nada.

"Todo lo labrábamos con un par de toros y un par de caballerías. Teníamos 130 ovejas y 7 vacas". En la imagen unas vacas pastando en el alto de San Bernabé.


Para hacer estos trabajos utilizábamos, para tener luz, la tea de pino. Esta la conseguíamos donde habían batido pinos. Vendían en cantidad a los maderistas y la tea, después de pasar 10 o 12 años, se pudría la zueca del pino y quedaba el corazón del pino para sacar esta tea. Había que escarbar bastante porque tenía resma. Esta tea se hacía a trozos pequeños y en las chimeneas donde estaba el fuego, a la izquierda o a la derecha, había una piedra de arena metida en la pared a un metro de alta, que salía sobre dos centímetros de la pared: allí se ponían las teas. Esta era la luz que teníamos en la cocina para trabajar de noche.

Cuando nos íbamos a dormir les dábamos de comer a las vacas y las caballerías con la luz de la tea. Una persona hacía luz con la tea, tenía que tener mucho cuidado que no cayeran purnas al suelo para evitar un incendio; otra persona daba de comer. Cuando le tocaba de parir a una vaca nos quedábamos a dormir en la cuadra; había un cuarto que allí se ponía de comer a las vacas. Si el parto iba mal hacíamos de veterinarios.


Vista del mas de Torre Pintada desde la carretera que une Mosqueruela con Puertomingalvo. Detrás las dos cumbres de Las Ampolas.

Ahora vamos con la tierra. Se barbechaba en junio para sembrar trigo. Se sembraba en septiembre y octubre y la cebada se sembraba en marzo. Estos cereales, cuando íbamos a sembrar, sulfatábamos con sulfato de piedra, picarlo y ponerlo por agua para que no saliera tizón. El tizón son unas espigas que no tienen grano. Se forma la espiga, sí que hace a forma de grano, pero este grano es negro como el carbón. Cuando lo llevábamos al molino lo pasaban por un recipiente que le llamaban la jimpia, entonces este grano se deshacía y quedaba todo el trigo negro. Si no se hacía no valía para hacer pan. En el mas teníamos un horno y se amasaba para 15 días. Para que no se secara mucho lo guardábamos en la bodega con las patatas, y las patatas se sembraban en mayo o junio, se cogían en octubre. Sobre los años 1944 y 1950 apareció una plaga de gusanos. Le llamaban el escarabajo de la patata. Esto fue un malvivir para los agricultores porque se tenían que sulfatar con unos polvos mezclados con agua. Si había un descuido de no sulfatar, en 48 horas se comían las patateras y no había cosecha.


Tizón del Trigo (Tilletia caries). Antiguamente se combatía mojando  en sulfato de cobre las semillas antes de sembrarlas. Foto: agroatlas.ru



Todo lo labrábamos con un par de toros y un par de caballerías. Teníamos 130 ovejas y 7 vacas. Para criar estos animales los teníamos continuo en la masía. A ésta le llamaban la "Torre Pintada". Allí, yo Joaquín he vivido 70 años. Éramos 5 hermanos, 3 hermanas y 2 hermanos. Yo era el segundón: 17 años cuando murió mi padre el año 1939, el 8 de agosto. Este mas lo teníamos a medias con los amos. El amo vivía en El Puerto, a 5 kilómetros del mas. De primavera y de verano venía todos los días al mas. Trabajaba como un jornalero; bueno..., además los buenos consejos que nos daba. Cuando venía al mas venía con una burra y un perro. Cuando venía iba montado en la burra; cuando se marchaba iba andando porque la burra iba cargada de leña o de lo que se cosechaba en la masía.


Las ovejas criaban en mayo. Los corderos los vendíamos en septiembre. El Puerto está dividido en 3 partidas: Viñas, Los Pinares y El Plano. Yo estaba en la partida del Plano. Las ovejas no salían de la finca. Había pastos, loma y prado para recoger comida para pasar el invierno. Todo era secano. Se araban 30 jornales a cada añada (1).

Animales y tierra íbamos a manifestarlos al ayuntamiento del Puertomingalvo, pagando un tanto por cada animal. Algunos años venían 2 personas mandadas por el Ayuntamiento del pueblo, contaban vacas, ovejas, caballerías y cerdas de cría. Por cada 20 ovejas dejaban 1 sin contar para el consumo de la casa.

Cuando se cortaba el trigo con la corva o con la hoz venían hombres de los pueblos de la provincia de Castellón. En el mas que estaba yo les costaba de 7 a 8 días a 7 hombres. Cobraban 1 barcilla de trigo cada día: eran 12 kilos de comida. Trabajaban 12 horas. Cada día tenían que venir a cortar el trigo 30 o 40 kilómetros con una caballería.



Joaquín Benages, con 83 años, a 10 de febrero de 2005.

(1) La loma es un terreno de monte "sin pinos ni bancal" dedicado a un tipo de pasto de mucha menor calidad que el prado, que se destinaba a la siega para el invierno. En el mas donde vivía la loma ocupaba sesenta jornales y el prado diez. Como tres jornales equivalen a una hectárea, el mas ocupaba algo más de 33 hectáreas, si sumamos las tierras de cultivo.

* "Puertomingalvo en el siglo XV" de Javier Medrano Adán.Teruel 2006. Editado por el Instituto de Estudios Turolenses y el Ayuntamiento de Puertomingalvo.