Mi patria es mi infancia



"Mi patria es mi infancia"
. Así lo expresó un sabio y yo hago mia esta frase. Mi infancia fue feliz y me siento orgulloso de haberla vivido en Mosqueruela. Por ello me considero chinchirino de corazón y he creado este blog para rescatar la Mosqueruela de antaño, la que guardo en mis recuerdos y que me gustaría compartir con todos aquellos que, como yo, llevan a Mosqueruela en el corazón.



viernes, 2 de septiembre de 2011

Joaquín Benages, del mas de Torre Pintada



En el Preámbulo del libro "Puertomingalvo en el siglo XV", de Javier Medrano Adán*, destaca por su autenticidad el testimonio de Joaquín Benages, que fue masovero en Torre Pintada durante los duros años de la posguerra.


El relato de su vida en el mas, que confiesa fue feliz, "pues no habíamos visto otra cosa", está contenido en una carta que envió Joaquin (con 83 años) al autor, respondiendo a algunas cuestiones que este le planteaba. El texto está escrito con la sencillez y la parquedad de un hombre de las masías; como si lo estuviera relatando a la luz de las teas, junto al fuego de la chimenea de Torre Pintada, ese fuego que confiesa "... por delante te quemabas y por detrás te helabas".

Cuenta Joaquín que allí vivió 70 años, seguramente desde su nacimiento en 1922 y, aunque su masía era de las más prósperas del término (33 hectáreas de buen pasto y tierras de cultivo), su vida no debió ser fácil, luchando contra las plagas del trigo y la patata, teniendo que ir a buscar el agua con el burro, alumbrándose con la luz de una tea o durmiendo en la cuadra cuando la vaca estaba de parto.

Su destino, como el de tantos masoveros del Maestrazgo, fue duro por los años que le tocó vivir (tenía 17 cuando acabó la guerra y murió su padre). Pero quizá lo más duro para él haya sido el constatar en el declive de su vida como las masías han sido abandonadas y muchas de ellas ya son ruinas... ¡ellas, que vieron pasar tantas generaciones de masoveros desde los tiempos de la repoblación!


En memoria de todos ellos quisiera ofreceros este testimonio. 
Alberto Agudo




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Mas de la Torre Pintada, en el término de Puertomingalvo, donde vivió Joaquín Benages durante 70 años como mediero.


[Carta de Joaquín Benages, vecino de Puertomingalvo]


Cómo vivíamos en la masía con mi mujer. Pues como no habíamos visto otra cosa, a pesar de trabajar mucho, éramos felices en la casa. No teníamos agua. La fuente estaba a 600 metros del mas. El agua la teníamos que traer a carga de esta manera: el canastero con mimbres hacía a modo de 3 cestas cogidas por la parte de arriba; a cada una de las 3 les dejaba un ansa y hacía 3 más iguales; entonces con una cuerda de un metro se ataban a la distancia necesaria, se le ponía la albarda a la burra o a la caballería que hubiese a mano; se le ponían las 6 cestas, dentro de cada cesta se ponía un cántaro, en cada cántaro cabían 10 litros de agua. A estas 6 cestas el nombre era aguaderas. Cuando en invierno veíamos que tenía que nevar mucho teníamos unas tenajas, las llenábamos de agua porque algunas veces estábamos 8 días sin salir de casa.

El fuego lo teníamos en el suelo, la chimenea era muy grande, en forma de campana. Otra cosa que sucedía era que, según de que parte venía el aire, no permitía que la puerta de la cocina estuviera cerrada, así que por delante te quemabas y por detrás te helabas, y para alumbrarnos en la cocina para poder trabajar, como son las noches tan largas, las mujeres tenían que apedazar la ropa y hacer calcetines. Esto lo hacían con un hilo de lana gordo con 4 agujas de 20 centímetros de largas. 


Torre Pintada a la luz de un atardecer de otoño en una foto tomada desde las colinas de S. Bernabé.


Y los hombres a hacer zuecos; éstos se hacían con madera de pino y tenía que ser de un pino que se hubiese criado entre piedras con poca tierra, así era la madera más fuerte. Esta madera se ponía en un montón de estiércol, allí se recocía, esto era como si se hubiese hervido con el agua. Después se dejaba secar. Después había que hacer la suela. Para hacer el zueco había que hacer la forma de una suela de zapato con 4 centímetros de gorda. Había que hacer la cuerda de esparto. Después con una barrena se le hacían agujeros a la suela para pasar las cuerdas. Se empezaba por la parte de adelante: la primera cuerda se ponía a un centímetro, se iban subiendo las 4 cuerdas; después se iba desenredando hasta tener 14 cuerdas, así que había que hacer 28 agujeros. Una vez las cuerdas pasadas había que tejer la cara del zueco. Esto se hacía con 1 cuerda delgada: era pasarla varias veces por la cara del zueco, así quedaba en una pieza. Había que hacer la talonera del zueco. A ésta se le ponían 7 cuerdas, se tejían como la cara, entre la cara y la talonera quedaba un espacio de 4 centímetros sin nada.

"Todo lo labrábamos con un par de toros y un par de caballerías. Teníamos 130 ovejas y 7 vacas". En la imagen unas vacas pastando en el alto de San Bernabé.


Para hacer estos trabajos utilizábamos, para tener luz, la tea de pino. Esta la conseguíamos donde habían batido pinos. Vendían en cantidad a los maderistas y la tea, después de pasar 10 o 12 años, se pudría la zueca del pino y quedaba el corazón del pino para sacar esta tea. Había que escarbar bastante porque tenía resma. Esta tea se hacía a trozos pequeños y en las chimeneas donde estaba el fuego, a la izquierda o a la derecha, había una piedra de arena metida en la pared a un metro de alta, que salía sobre dos centímetros de la pared: allí se ponían las teas. Esta era la luz que teníamos en la cocina para trabajar de noche.

Cuando nos íbamos a dormir les dábamos de comer a las vacas y las caballerías con la luz de la tea. Una persona hacía luz con la tea, tenía que tener mucho cuidado que no cayeran purnas al suelo para evitar un incendio; otra persona daba de comer. Cuando le tocaba de parir a una vaca nos quedábamos a dormir en la cuadra; había un cuarto que allí se ponía de comer a las vacas. Si el parto iba mal hacíamos de veterinarios.


Vista del mas de Torre Pintada desde la carretera que une Mosqueruela con Puertomingalvo. Detrás las dos cumbres de Las Ampolas.

Ahora vamos con la tierra. Se barbechaba en junio para sembrar trigo. Se sembraba en septiembre y octubre y la cebada se sembraba en marzo. Estos cereales, cuando íbamos a sembrar, sulfatábamos con sulfato de piedra, picarlo y ponerlo por agua para que no saliera tizón. El tizón son unas espigas que no tienen grano. Se forma la espiga, sí que hace a forma de grano, pero este grano es negro como el carbón. Cuando lo llevábamos al molino lo pasaban por un recipiente que le llamaban la jimpia, entonces este grano se deshacía y quedaba todo el trigo negro. Si no se hacía no valía para hacer pan. En el mas teníamos un horno y se amasaba para 15 días. Para que no se secara mucho lo guardábamos en la bodega con las patatas, y las patatas se sembraban en mayo o junio, se cogían en octubre. Sobre los años 1944 y 1950 apareció una plaga de gusanos. Le llamaban el escarabajo de la patata. Esto fue un malvivir para los agricultores porque se tenían que sulfatar con unos polvos mezclados con agua. Si había un descuido de no sulfatar, en 48 horas se comían las patateras y no había cosecha.


Tizón del Trigo (Tilletia caries). Antiguamente se combatía mojando  en sulfato de cobre las semillas antes de sembrarlas. Foto: agroatlas.ru



Todo lo labrábamos con un par de toros y un par de caballerías. Teníamos 130 ovejas y 7 vacas. Para criar estos animales los teníamos continuo en la masía. A ésta le llamaban la "Torre Pintada". Allí, yo Joaquín he vivido 70 años. Éramos 5 hermanos, 3 hermanas y 2 hermanos. Yo era el segundón: 17 años cuando murió mi padre el año 1939, el 8 de agosto. Este mas lo teníamos a medias con los amos. El amo vivía en El Puerto, a 5 kilómetros del mas. De primavera y de verano venía todos los días al mas. Trabajaba como un jornalero; bueno..., además los buenos consejos que nos daba. Cuando venía al mas venía con una burra y un perro. Cuando venía iba montado en la burra; cuando se marchaba iba andando porque la burra iba cargada de leña o de lo que se cosechaba en la masía.


Las ovejas criaban en mayo. Los corderos los vendíamos en septiembre. El Puerto está dividido en 3 partidas: Viñas, Los Pinares y El Plano. Yo estaba en la partida del Plano. Las ovejas no salían de la finca. Había pastos, loma y prado para recoger comida para pasar el invierno. Todo era secano. Se araban 30 jornales a cada añada (1).

Animales y tierra íbamos a manifestarlos al ayuntamiento del Puertomingalvo, pagando un tanto por cada animal. Algunos años venían 2 personas mandadas por el Ayuntamiento del pueblo, contaban vacas, ovejas, caballerías y cerdas de cría. Por cada 20 ovejas dejaban 1 sin contar para el consumo de la casa.

Cuando se cortaba el trigo con la corva o con la hoz venían hombres de los pueblos de la provincia de Castellón. En el mas que estaba yo les costaba de 7 a 8 días a 7 hombres. Cobraban 1 barcilla de trigo cada día: eran 12 kilos de comida. Trabajaban 12 horas. Cada día tenían que venir a cortar el trigo 30 o 40 kilómetros con una caballería.



Joaquín Benages, con 83 años, a 10 de febrero de 2005.

(1) La loma es un terreno de monte "sin pinos ni bancal" dedicado a un tipo de pasto de mucha menor calidad que el prado, que se destinaba a la siega para el invierno. En el mas donde vivía la loma ocupaba sesenta jornales y el prado diez. Como tres jornales equivalen a una hectárea, el mas ocupaba algo más de 33 hectáreas, si sumamos las tierras de cultivo.

* "Puertomingalvo en el siglo XV" de Javier Medrano Adán.Teruel 2006. Editado por el Instituto de Estudios Turolenses y el Ayuntamiento de Puertomingalvo.

lunes, 29 de agosto de 2011

Cincuenta años chinchirinos





El Reencuentro


El pasado sábado 6 de Agosto, bajo el radiante sol del mediodía, un alegre grupo de personas se fue formando entre los puestos del mercado de la plaza Mayor de Mosqueruela. Mientras esperaban a la guía que les iba a enseñar el pueblo y a explicar su historia, algunos se saludaban como si hiciera mucho tiempo que no se veían; otros hablaban animadamente entre ellos en improvisados corros; se presentaban unos a otros:
- yo soy ... ¿te acuerdas?
- ¡pues claro que me acuerdo!, pero si no me lo dices no te reconozco.
Para cualquier observador atento de la escena era fácil deducir los vínculos que unían a este grupo: todos rondaban los 50 años y vivían o habían vivido en Mosqueruela. El motivo que les había llevado allí desde los más diversos puntos de nuestra geografía era celebrar que cumplían medio siglo en 2011... y es que en el rio del tiempo, que es la vida, todos nosotros vamos en la misma barca: la de los nacidos en el año 1961.




Una visita nostálgica


El grupo, pastoreado ahora por la guia, pasó por delante de la tienda de Estrella, la hija de la tia Pascuala, y se dirigió hacia el Portal de S. Roque. En el trayecto se enteró del porqué de las moscas y las peras en el escudo de la villa y otras curiosidades históricas de las que no hablaré ahora porque no es el tema de esta crónica.


Desde lo alto de este Portal 1200 años os contemplan.


Aquí lo que os quiero contar es que cuando llegaron al portal de S. Roque, el monumento más fotografiado del pueblo, ellos también se hicieron la foto: sobre las escaleras y bajo el arco dijeron al unísono "patata" y todos salieron muy favorecidos.





El paseo siguió bordeando la vieja muralla pasando por el Portal de la Vistorre hasta el Portal de Teruel. Y los que hacia más tiempo que no venían por el pueblo comprobaron como los viejos corrales y las eras empedradas de su infancia, escenario de tantos juegos y aventuras, habian sido sustituidos por modernas casas; y lo que antaño fueran veredas pedregosas por donde pasaban el ganado y los tractores, ahora eran amplias calles de cemento  y algún coche pasando de tanto en tanto.





Traspasado el Portal de Teruel, bajaron buscando de nuevo la plaza y la iglesia para después continuar por la calle Ricos Hombres, donde apreciaron los hermosos alerones de las viejas casonas centenarias y sus austeros portales de piedra tallada. El sol apretaba y alguno se protegía de él utilizando el folleto turístico como visera.




En el Portal del Postigo una estampa curiosa fue la de todos los integrantes del grupo levantando la mirada hacia los tejados. Intentaban vislumbrar la figura que protegía antaño de las brujas y malos espíritus a los pobladores de la villa. Esta era una sencilla bola de piedra tallada, situada sobre el antiguo torreón y que solo se veía desde el otro lado del portal




El grupo continuó bajando por un estrecho callejón que acababa abriéndose a la Vega de Mosqueruela, con sus hermosas vistas del Plano y el Portillo y subió las escalinatas que llevan a la Portera.




- ¡No están las acacias! - exclamó alguien con pesar al ver dos tocones resecos entre el cemento. No sabía que algunas murieron de viejas hace unos años. Pero para consuelo de los más nostálgicos se ha de decir que  muchas de las acacias que nos dieron sombra en la infancia todavía siguen en pie, aunque, como nosotros, ya no tiene el vigor de hace 40 años.




Mientras la guía explicaba la hermosa fachada de la ermita de Santa Engracia no pude evitar que mis pensamientos volaron a cuando era nuestra escuela, y veía un río de niños saliendo al recreo, invadiendo la Barbacana y la Portera con su bulliciosa presencia, y a D. Timoteo, maestro querido en el recuerdo, destacando con su alta figura tras ellos. 




El bar de Valentín, "La Portera", cerrado hace años, todavía lucía un descolorido letrero de una marca de helados y al girar la esquina de la calle Isabel Bielsa ya no estaba su tienda que comunicaba con el bar, ni la carnicería de la tia Sofía, ni la tienda de Puerto, un poco más abajo, en lo que entonces decían que fue el Palacio de rey D. Jaime... ¡que poco queda del callejero de nuestra infancia!




Al final de esta calle, frente al edificio del antiguo hospital, finalizó la soleada visita por las calles y la historia de Mosqueruela y ya nos dirigimos, en amena charla y cuesta abajo, hacia el Montenieve, donde nos esperaba la comida de hermandad, que a tenor de las fotos que se muestran no precisa de muchos comentarios.


La comida








El grupo al inicio del banquete, compartiendo recuerdos y vivencias de otros tiempos...y de los actuales también.




Justamente, este 6 de agosto, hacía 50 años que nació Vicente y le prepararon una tarta con una velita que apagó sin problemas. En la foto Vicente, con los carrillos inflados, momentos antes de acabar con la llama mientras Lola le sostiene la paleta. 


Su cumpleaños, de alguna manera, era también el de todos nosotros y aquí posamos con Vicente y la tarta, que vivía su última hora de vida.



Ya en la sobremesa, mi amigo Juan José fue al coche a por su inseparable guitarra (amplificador incluido) y nos amenizó el café y los licores con los acordes de su amplio repertorio. Ni que decir tiene que triunfó y a punto estuvo de salir a hombros como los toreros.




Tras la tarta y los cafés, la sobremesa, acompañada por los licores y la guitarra de Juanjo, se prolongó hasta casi las siete. Si a esas horas alguien pensaba que la reunión ya tocaba a su fin, estaba muy equivocado....


La Fiesta




Porque en La Nave nos esperaba la segunda parte: Una fiesta con el dúo "Nova Melodia"...






... que nos recordó nuestras viejas canciones y que muchos bailaron entre copas, risas y buen humor...




... mientras otros optábamos por la charla distendida en la terraza que daba a los huertos.




Como vemos en la foto fue una fiesta muy movida.


Incluso hubo espontáneos que salieron al escenario. Aquí bailando lo que parece ser una jota, aunque faltan las castañuelas.


... y en esta foto, el hula-hop sin el aro.


 
Saludando a la cámara equivocada.




La noche caía sobre Mosqueruela y el guateque seguía sin desfallecer ni un momento.



La Cena




Cuando la noche empezó a refrescar, como un maná caido del cielo, aparecieron unas bandejas con comida... y es que con tanta marcha la gente se
olvida que hay que cenar.



Pedro José y Vicente  se empeñaron en que no sobrara nada y en la foto los vemos preparando montaditos con las últimas existencias para repartirlas entre
el personal.



"A veces soy un poco cansino", dijo Juanjo cuando apareció de nuevo con su guitarra. Él sabía que no era así y que todos lo estábamos deseando... porque Juancho la domina incluso mejor que el tirachinas en los tiempos de pantalones
cortos, cuando íbamos a las eras a cazar gorriones. 


Bajo las estrellas de Mosqueruela escuchando "La Orquesta Bramaderas".... ¡tela marinera!





La Despedida


Al filo de la medianoche llegó el inevitable momento de la despedida. Todos nos vamos con el corazón repleto de entrañables recuerdos compartidos y de comprobar que los viejos amigos siguen, como yo, teniendo a Mosqueruela en su corazón. Me voy con un sentimiento de dulce melancolía y la sensación de haber vivido un día que guardaré para siempre en el cofre de mis recuerdos chinchirinos. 




Y aquí acaba esta crónica, una crónica de la Mosqueruela de 2011, filtrada por la visión subjetiva y nostálgica de uno que la vivió hace 40 años y que me gustaría finalizar recogiendo las palabras que pronunció alguien en la despedida:

"Adios amigos, nos vemos en los cien años chinchirinos"


Aielo de Malferit (Valencia) agosto de 2011. Fotografías: Conso Tena, Ángel Sánchez y Alberto Agudo.



domingo, 31 de julio de 2011

Gaseosas La Estrella


La década de los 60 quizá fue la época dorada de las gaseosas en España. Por toda su geografía se repartían multitud de pequeñas empresas, muchas de ellas familiares, que cubrían unos mercados muy locales por las dificultades que suponía el transporte. En los años 70, con la mejora de las comunicaciones, las grandes empresas como "La Casera" y las filiales de "Coca-Cola" entre otras, comenzaron a conquistar el mercado y poco a poco las obsoletas embotelladoras locales, carentes de recursos, fueron desapareciendo y con ellas todo un mundo y una cultura que hoy muchos recuerdan con nostalgia.

En Youtube hay un interesante canal (llepol14) que contiene varios videos de muy buena factura donde se intenta recuperar la memoria de aquellas fábricas de gaseosas hoy desaparecidas. Entre ellos encontramos una entrevista realizada en 2007 por J.Y.T. (no figura otro nombre en los títulos de crédito) a Antonio Tena Arahuete y su mujer, Teresa Andrés Bedrina, los últimos propietarios de "Espumosos La Estrella" de Mosqueruela. 

Por su interés me gustaría compartirla con todos vosotros. 
Alberto Agudo

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Antonio Tena Arahuete:

Empecé en la fabricación de gaseosa en el año 1973. Yo se la compré a Julio Gargallo, que la vendió porque se quedó tetrapléjico de un accidente. Él la tenía en los bajos del ayuntamiento, donde antiguamente estaban los calabozos, y la montó allí porque era el alguacil. 

Cuando yo la compré la trasladé aquí, a mi casa. Por entonces mis hijos eran pequeños y trabajábamos mi mujer y yo, era una empresa familiar y nunca tuvimos operarios de fuera. Repartíamos a todos los pueblos de la comarca: desde Iglesuela a Cantavieja, Fortanete, Villarroya, Allepuz, Valdelinares, Linares, Puertomingalvo, Nogueruelas, Rubielos y Mora de Rubielos. Empecé con un Sava viejo y después me compré uno nuevo, pero siempre repartí con un camión de seis toneladas, aunque he de decirle que por el pueblo he repartido con un carretillo y hasta con un seiscientos (y cuando dice esto sonrie recordándolo con cariño), que a este le quitaba los asientos de detrás y allí metía tres o cuatro cajas... ¡y a repartir!... pero solo en el pueblo, porque fuera iba con el camión.

Coche para el reparto de gaseosas "La Exquisita" en Cee (La Coruña). Aunque Antonio Tena tenía un camión "Sava", también utilizó su seiscientos, y hasta un carretillo, para repartir en Mosqueruela. Foto: Gaseosas de Galicia
    

Las grandes marcas nos hacían la vida imposible, sobre todo "La Casera", que iba a matar: regalaba el envase y yo lo tenía que cobrar o no ganaba nada.

Yo tenía la gaseosa como producto mío, pero también vendía "Schweppes" y cerveza "El Águila" en exclusiva y luego tenía "Coca Cola", "San Miguel" y algunas otras más que repartía, pero ya sin exclusiva.


Hacíamos zarzaparrilla, así la decíamos y es que era una cosa  rara, eso no... (sonríe y no quiere entrar en detalles), después un producto de cola y una gaseosa de naranja/limón, que por cierto era muy buena, pero tuvimos que dejar de venderla ya que salía tan cara como la Fanta y no podía ser, porque la gente compraba los productos de marca y la nuestra no se vendía. Ese era el problema.


Según  Antonio Tena, las grandes marcas, sobre todo "La Casera", suponían una competencia a la que no podían hacer frente los pequeños fabricantes como él. En la foto, un anuncio de la casera de finales de los años 50. (Foto: Blogodisea)

Teresa Andrés Bedrina:

Yo recuerdo que eran, creo, cinco pesetas la caja, ese era el precio cuando empezamos. Cajas de diez botellas, que por entonces eran de madera y nos tocaba además hacer de carpinteros arreglándolas a menudo, hasta que cambiamos a las de plástico, que ya eran de doce y con las que se trabajaba mucho mejor, incluso en el apilado.... el único problema que tenían era que, ahora, al ser doce las botellas, las cajas pesaban más y yo, que me las tenía que apilar, tenía que hacer más fuerza.

Antonio: De maquinaria tenía la saturadora, que está por ahí guardada en un rincón, el depósito del agua, la lavadora esa pequeña, la máquina de los sifones y la llenadora, con las "bichismas" estas que se ponían (señala las piezas de una vieja máquina ya oxidada) que si quiere ponemos una.

(Y Antonio nos explica como alimentaba las cuatro salidas de la llenadora).

Ponías una y mientras se llenaba aprovechabas para poner otra y así sin parar, las cuatro... y aquí nos tirábamos horas y horas llenando botellas.


Máquina Saturadora marca "Vilella". Su precio: 31.000 pesetas seminueva. (Foto: Celandigital.com)


No hacíamos producciones altas, nos ajustábamos a lo que teníamos que repartir, porque no teníamos para almacenar mucho. A lo mejor trabajábamos dos días seguidos y luego estábamos tres sin fabricar, y venías a hacer un camión: 300/400 cajas, depende de lo que trabajaras.

Muchas, muchas (apostilla Teresa)... no podíamos vender más porque no podíamos fabricar más y esto era así porque no teníamos un gran almacén ni las cajas necesarias, osea, que íbamos fabricando según los envases que disponíamos.

Tenía una carcasa para que no te salpicara el agua (explica Antonio mientras pone una botella en la limpiadora). El agua entraba por aquí a presión; esto tenía por aquí unos cepillos, cogías la botella, cerrabas y la botella daba vueltas constantemente, con los cepillos limpiando por fuera y por dentro. Luego sacabas esta, ponías la otra y así sucesivamente sin parar.

Con su  "Sava", además de los espumosos "la Estrella", Antonio repartía en exclusiva cerveza "El Águila"..... 


Aquí el agua nos la daban de 9 a 11 de la mañana (nos cuenta Teresa), entonces tenías que aprovechar esas horas para hacer el lavado de las botellas, porque esa iba directa, y mientras, se llenaban los depósitos para por la tarde llenar.... Así que íbamos corriendo siempre, porque en Mosqueruela había poca agua y como había dos fábricas más -una de chandals y la serrería- pues se consumía bastante agua y hasta que hicieron pozos y trajeron más, el agua la teníamos muy, muy justa. Por la tarde cuando llenaba empezaba con el sifón, porque el sifón necesita más presión de gas y después me iba mejor con la gaseosa. Y mi marido se iba de reparto y al volver muchas veces me decía: "me ha faltado gaseosa", osea, que vendíamos más de la que podíamos hacer... y trabajábamos sábados, domingos y un montón de horas, más horas que un reloj.

.... y aquella tónica con ese nombre imposible de leer que  pronunciado era "Sueps". (Foto: Museo del Refresco)


Antonio: La gaseosa siempre se ha hecho con edulcorante artificial, nunca con azúcar, porque  de otra manera sale muy cara. Lo que se hacía con azúcar era la naranja y el limón, pero la gaseosa, siempre, siempre con edulcorante.

Al principio no había controles pero, últimamente, venía Sanidad cuando estabas trabajando, se te llevaba una botella y supongo que la analizarían, pero a mí nunca me dijeron nada y es que trabajábamos con unos baremos que teníamos que cumplir, con unos máximos y mínimos de la cantidad de edulcorante, ácido cítrico y demás que debía llevar cada producto según la fórmula.

Esta es la última que llené (nos cuenta Teresa mientras   mantiene una botella de gaseosa entre las manos) y después de haber trabajado 19 años en esto, la verdad es que en aquel momento lo pasé mal, me dió por llorar. Pero, como todas las cosas cuando las dejas, te da un poco de pena pero nada más. Ahora estoy contenta de haberlo dejado porque era muy pesado; yo he pasado muchísimo frío con esto, porque algunos días, llenando en el invierno, el delantal de plástico que llevábamos se me quedaba todo helado del frío que hacía. Así que estaba contenta pero al mismo tiempo me daba un poco de "cosa" el dejarlo.

Antonio empezó con un "Sava" viejo que luego cambió por uno nuevo de 6  toneladas, con él repartía  por los pueblos los días que no fabricaba. (Foto: Portada de un catálogo de camiones "Sava". transporteclasico.wordpress.com)


Antonio: Yo decidí cerrar, más que nada, por la competencia que me hacía La Casera y también porque veía que mis hijos no iban a seguir con el negocio y yo ya me hacía mayor. Así que, poco a poco, me fui haciendo a la idea y opté por cerrar y dejarlo todo.

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Y aquí acaba este entrañable documento, que quedará para la historia reciente de Mosqueruela. Pero ese "dejarlo todo", esas palabras con que cierra la entrevista, hacen referencia, únicamente, a la fabricación de gaseosas.

Porque Antonio y Teresa son dos auténticos emprendedores, pues los ahorros conseguidos en esos 19 años de duro trabajo los invirtieron en la reforma de la casa donde tuvieron la fábrica y la acondicionaron para aprovechar el auge del turismo rural que ya era evidente por entonces (inicio de los 90).

En la actualidad la Casa Tena, con varios apartamentos y un amplio salón común con barbacoa, es ideal para alquilar en grupo. Recuerdo que la primera vez que me alojé allí (éramos un grupo de 22 personas), Antonio  me enseñó las viejas máquinas que se muestran en el video y me regaló una botella de las del tapón hermético que guardo con especial cariño... tal vez pensando que aquella vieja botella, tantas veces rellenada por Teresa en las gélidas mañanas de invierno, quizá alguna vez estuvo entre el hielo de aquella nevera que llevábamos de picnic a S. Bernabé. 

¡Quién sabe!



 

domingo, 17 de julio de 2011

Los chopos ausentes

Mosqueruela en los años 60. Vista del pueblo desde la Fuente del Maestro. Foto:http://mosqueruela.blogspot.com/ 


"El viajero que arriba a Mosqueruela por la carretera de Teruel no descubre la pintoresca imagen del pueblo hasta que, después de pasar por la Tosca y la Fuente de la Huerta, tras rebasar una curva elevada varios metros sobre los bancales de trigo, no se detiene allí, a beber de la Fuente del Maestro y observar la fértil vega que se ofrece a sus pies."

Hasta los años 60 unos humildes chopos daban su bienvenida de sombra a los que llegaban por la carretera de Teruel, una pista tortuosa de piedra y grava prensada, polvorienta y llena de baches. En verano sería de agradecer su sombra fresca y acogedora y en invierno el que fueran mojones para marcar el camino en las frecuentes nevadas. 

Aquellos chopos, como viejos centinelas en formación, parecían rendir honores a todos los que por allí se dirigían al pueblo. En la fotografía podemos observar que la fila de chopos era doble y continua hasta el molino y tal vez más allá; los chopos están podados para que las ramas no molesten a los camiones y marcados con pintura blanca en el tronco, quizá para resaltar de noche con la luz de los faros.

Aunque la foto es en blanco y negro se puede intuir la lozanía y el vigor de aquellos árboles que aprovechaban las aguas subterráneas que iban desde la fuente del Maestro hasta el lavadero pasando por el Molino y su balsa.

Qué fue de ellos sí que lo sabemos: desaparecieron a finales de la década, pero... ¿por qué?. Me inclino a pensar que las gruesas raices comenzarían a quebrar la pista de tierra y en beneficio del tráfico alguien tomó la decisión de talar estos viejos amigos. 

Desde entonces los que acudían a la Fuente del Maestro con sus garrafas a llenarlas de su saludable agua, o los que paseaban los domingos después de la misa hasta la Tosca y la Fuente de la Huerta, lo tuvieron que hacer a pleno sol; los viejos chopos ya no estaban allí, ofreciendo su generosa sombra y unos años más tarde la desgastada pista de tierra se vistió de asfalto y el recuerdo de aquellos chopos solo permaneció en la memoria de los más viejos.


Mosqueruela en los años 90 vista desde el Molino. Foto: Azucena Agudo,1993.