Y fue vendido en la Feria del 2007. Tenía más de 30 años, pues su dueño, Antonio Robres, lo compró en 1980 a un tratante de Castelfabib en la Feria de Cedrillas.
El macho tenía entonces 7 años - me comenta Antonio - y estaba mucho más fuerte que ahora, ya lo ve, que lo tengo "jubilao" y solo lo gasto para la patata, poca cosa: sembrar, escardar y arrancar. Este es burrero, osea, hijo de burra, de un caballo y una burra, porque también están los yeguatos, que son hijos de yegua y burro... todos son a contrapelo, para que salga la mula o el macho. Se lo acabo de vender a Barraca, un tratante que conozco y me lo llevo a casa porque vendrán a llevárselo mañana. Me duele, pero no puede ser; cada dia veo que pierde un poco y que tendré que acabar tirándolo. Así que si puedo sacar algo por él... ¡Qué se le va a hacer, son animales!
Y mientras dice esto lanza un suspiro de apenada resignación y acaricia la frente del que fue su inseparable compañero de trabajo durante tanto tiempo. El viejo animal, ajeno a la conversación, no sabe de su triste destino. Quizá mañana ya esté en el matadero de Castellón. Agradece la caricia de su amo e inclina su cabeza con humildad mientras Antonio me cuenta:
Ahí donde lo ve, este animal ha trabajado "muchismo" y muy duro, que yo antes me dedicaba a los pinos y entonces no había pistas ni la maquinaria de ahora; todo se hacía con caballerías y había arrastres muy largos. Me acuerdo de que en el mas de Saura estábamos Antonio el herrero y yo y para bajar los pinos a los Castillicos solo hacíamos cuatro viajes en todo el día, dos por la mañana y dos por la tarde. En cada viaje, dependiendo de lo seca que estaba la madera, podías llevar de medio metro a un metro cúbico de madera ¡que pesa lo suyo!... Entonces si que estábamos los dos fuertes, no como ahora que ya somos unos viejos... Ya no habrán machos en el pueblo, este es el último que quedaba de los que han trabajado en el campo.
¡Pobre Romo! Último superviviente de aquellas caballerias abnegadas y sufridas que roturaron bancales, y acarrearon pinos; arrastraron carros, trillos, arados y llevaron en sus lomos las garbas doradas de la siega. Aquellas mulas que cuando la Estrella sus dueños engalanaban con orgullo y lanzaban al galope por las cuestas del Loreto... eran otros tiempos que ya no volverán.
Me despido de Antonio que, triste y cabizbajo, lleva del ramal por última vez a su fiel macho camino de la cuadra. Romo sigue sus pasos mansamente por la calle que antaño flanqueaban las eras. Es su último paseo por las calles de Mosqueruela.
Y mientras veo alejarse a los dos una sensación de triste impotencia me embarga, y siento en mi corazón como si me hubieran arrancado un trozo de mi Mosqueruela querida. ¡Hasta siempre, Romo!
Alberto Agudo






